Llevo años con un dolor oprimiendome el pecho. Primero tenía pinta de soledad, de abandono. Luego se transformó en miedo. Después lo achiqué como un trozo de papel y lo encondí en un cajón con llave. Pero cada cierto tiempo volvia a salir. Hasta hace poco tomó forma de ansiedad, de necesidad, de deseo, placer y dependencia. Dejó de ser oscuro y se transformó en una tentación. Ahora sigue aquí, ya no oprime, ya no lucha con escapar ni con esconderse, sino que lo dejo ser. Me acompaña todos los dias. Se sienta conmigo en la mesa y me acompaña a la cama. Nos hacemos amigos. Porque solo así podré despedirme de él sin sufrir. Son tantos años compartiendo vivencias que se me hizo familiar. No quiero negarlo más No quiero huir mas de él. Quiero integrarlo, saludarlo cuando venga de visita e invitarlo a un té. No cerrarle más la puerta. Este dolor es como el frio del invierno. Tiene mala fama. Es mal visto y muchos le rehuyen. Pero para mi es una etapa. Una parte de mi, de mi memoria. Por primera vez me siento cómoda sintiendome parte del invierno, porque mañana puedo elegir no seguir siendolo.
