Extraño los tonos rosa de tu imagen. Tu sonrisa sencilla, transparente, suave. Extraño sentirte cerca, tanto así que creía tocarte con las palabras. Durante mucho tiempo fuiste un dibujo perfecto, pintado a pulso con mis deseos y anhelos más profundos. Te pinté sobre un papel frágil, soñando que solo las ganas de pintar bastaran para construir una obra de arte que perdura en el tiempo.
Así lo creí.
Pero la fragilidad del soporte pudo más.
El peso del agua y la pintura sobre el papel pudo más que el dibujó en sí mismo y este terminó por deshacerse por completo frente a mis ojos. Traté de repararlo innumerables veces, pero mientras más lo intentaba, más se desgarraba en mis manos. Mientras más tocaba, miraba y recordaba, más dolía el fracaso de mi obra.
Pero llegó un punto en que dejé de mirar y de recordar porque ya no podía distinguir colores ni formas.
Porque ya no era mí pintura.
Porque yo ya no era la misma.
Porque podía volver a intentarlo,
Porque ahora contaba con nuevos colores y sobre todo con mejores soportes.

