miércoles, 18 de abril de 2018

Centro

Me gusta caminar por el centro. Sola. Porque me gusta perderme entre la gente, entre el tumulto que camina siempre a prisa, siempre atrasado, con dirección firme pero sin mayor sentido que la cotidianidad. Me gusta mezclarme entre venderores, puestos de comida, tiendas, músicos, publicidad, etc etc. Y vuelvo al centro cada vez que me siento como ahora, pérdida, porque entre sus calles encuentro la familiaridad que me falta. El centro es una vuelta en el tiempo, al pasado, a la época escolar, a esa confortabilidad de los lugares conocidos y recorridos con habitualidad. Es recordar el liceo, su gente, las amigas de siempre, esas que ya nunca vez, porque están tan imbuidas en sus vidas como tú misma. Porque ya estamos tan grandes como para pasearnos por el centro a las 12 del día un martes cualquiera teniendo tanto que hacer. Lo gracioso es que siento la misma sensación de aprisionamiento que en esos años, esa sensación de ataduras, de responsabilidades que crecen con los años y nos hacen cada vez un poco menos libres de actuar y de pensar.
El centro me invita a fumar, porque hace frio. A sentarme en cualquier calle y ver la hora pasar, la gente, los perros, los pacos. Pero creo que no se fumar o al menos no lo he intentado.
No sé en qué calle encontrare eso que busco con desesperación. Esa escencia primaria que se me perdió y que hoy me tiene en una galería contemplando el arte, esperando que algún cuadro me diga algo, me hable, me susurré lo que quiero oir. Pero como bien dijo una profe, siempre esperamos mucho del arte, de la pintura, nos quedamos pegados en una actitud pasiva, cuando somos nosotros quiénes debemos interpelar la pintura y no al revés. Tal vez deba interpelar a Frida Kahlo para saber a dónde ir. Ella lo sabía. Por qué yo no?

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Me pierdo en las calles en medio de recuerdos, que parecen tan lejanos como el día que culmina. Me pierdo en conversaciones banales y vacías...