lunes, 26 de abril de 2021

la suciedad del alma

A veces quisiera bañar mi cuerpo de pintura. 

Vomitar colores. 

Teñir mi piel de rojo, como si sangrara, como si palpitara al ritmo del corazón. Untar mis manos de azul, dejar los ríos fluir por mis venas, mis brazos hasta rebalsar los pulmones de aire limpio, refrescante, nuevo. Pintar sobre mi rostro los mil colores que no logro expulsar aún. Una mezcla entre tonos amarillos y verdes, calipsos y violetas. Dejar correr por mis piernas colores cercanos al negro, como manantiales de agua sucia, podrida, estancada. Expulsar la mugre que habita en mi. 

Parirla. 
Menstruarla. 

Me siento sucia, por dentro, por fuera. Mis glándulas sudan dolores pasados, tapando mis poros de mugre acumulada por años de mal vivir, de sentencias diarias, de malas experiencias, de llantos desparramados por calles perdidas. De rostros que se esfuman a la velocidad del metro, con la misma rapidez que los sentimientos vertidos, entregados, donados sin control. 

Me siento sucia. Menos podrida que antes, pero igual de embarrada. 
Siento mis órganos cargados de barro, como si la tierra se acumulara en las paredes de mi cuerpo y se fuese secando lentamente. 
Quizás en algún momento se termine de secar y me desintegre como los árboles en otoño. Tal vez es hora de deshojarse, aunque cueste, aunque duela nuevamente. 

Me siento sucia. 

Necesito un aseo profundo que limpie diez años de mugre.

Me siento sucia y nadie puede limpiarme más que yo. 



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Me pierdo en las calles en medio de recuerdos, que parecen tan lejanos como el día que culmina. Me pierdo en conversaciones banales y vacías...