He llegado a un punto en el que lo me llenaba, para bien o mal, ya no lo hace. Las canciones ya no dicen más que palabras rebuscadas o sentimientos que me parecen cada vez más ajenos a este estado actual que no puedo definir. Solo sé que hay demasiadas huellas que de a poco comienzan a borrarse con el pasar el día, de los meses, años, del tiempo, del polvo, del ajetreo diario, del ir y venir entre dolores viejos y nuevos.
Hay sentimientos que ya no recuerdo. Que ya no siento. Que parecen perdidos en un circulo infinito llamado pasado.
Vuelvo a este vacío, a esta nada, tan familiar que hasta parece mi amiga. Me habla, me saluda, me invade y a veces, como hoy, me invalida. Me bloquea la vista, los sentidos, las ganas, el día a día. Cuando reaparece la luz molesta, el calor sofoca, la rutina desgarra la poca llama que se resiste a sobrevivir en mi. Cuando reaparece ya no la combato. Ya no emprendo batalla contra ella, ya no me lleno de municiones ni tanques para aplastarla como una araña maligna. Entre tanta picadura y veneno dejé de molestarla y de a poco aprendo a re-conocerla desde otro lugar. No niego que cuesta, pero ahora vemos películas juntas un lunes cualquiera a las 3 de las tardes y el mundo no se acaba.
Esa nada ha tomado forma hace unos (varios) meses. Ya no es tan irreal. Quizás nunca lo fue, porque me ha acompañado durante demasiados años, pero de alguna manera u otra a cultivado en mi una empatía hacia el dolor ajeno que de otra manera no habría desarrollado tanto. Nunca fue irreal porque su presencia en mi siempre estuvo. Siempre está. Tal vez es parte de mi ya.
Hay un montón de cosas que he tratado de modificar, de erradicar de mi ser, no se si por voluntad o por ese estúpido estereotipo de la felicidad plena y su búsqueda infinita. Ahora recién comienzo a comprender, a racionalizar la idea de que esta nada es tan mía como respirar. Y que la clave, más que los analgésicos para dormirla, es precisamente dejarla ser. Dejarla gritar un rato, oír lo que viene a decir, casi como la alarma por la mañana para despertar. Dejarla pasar. Apagarla un rato y aceptar que la noche acabó y el día empezó otra vez.
Entenderla como lo que es.
Como una compañía indeseada que me recuerda que todo cambia y que lo que creía cierto ayer ya no lo es tanto.
